lunes, 5 de julio de 2010

me fueron

Lo que en otro momento interpretó a la metamorfosis en la capacidad de amar como una progresiva corrosión (¿inducida?) desde un estado puro-ingenuo, vigoroso, a situaciones de oportunismo carnal y de desinterés, hoy puede ser más parsimoniosamente visto desde la teoría de "capas"; pequeñas mellas que hacen las historias a nuestras capas de personalidad, atravesando cada vivencia estratos más o menos profundos, agregando o quitando vainas de rigor; integrando, fragmentando; perfumando la sensualidad o conduciendo a la putrefacción de alguna muletilla o forma satélite de cómo amar.
Que haya dinámica en el cómo uno ama es una idea majestuosa. Es empírica, comprobable por cualquiera que tenga más de una crónica, partiendo de la base de que nunca se es uno mismo, sino muchos que se muestran, se fusionan, se ocultan o callan entre sí; en la acción de amar existe una suerte de memoria inmune, o sin ir a lo pesimista, memoria acumulativa; intransferible ésta.
Se pone de manifiesto claramente cuando uno se enfrenta a nuevas personas, a nuevos yos del copartícipe sintetizados en el rostro presente que uno besa, como autoretratos sacados por sus otros según distintas eras de su pasado. Se denotan los miedos, las inseguridades, las certezas ante atributos físicos, los dolores, los prejuicios, las perversiones, la debilidad.
Claro que existen congruencias en cómo crecen las personalidades, "situaciones standard" por llamarlas de un modo claro. Y pueden ser éstas las que marquen la piel que dos socios se pueden tener, el grado de convergencia.
Pensar esto suena altamente ególatra, amar dependiendo de cuánto se me asemeja.

2 comentarios:

un barrilete dijo...

:S
bueno leerte.

Luz? dijo...

decime una cosa,

por què escribìs estas cosas?

y asi...

prima... què carajos?

me queda la cabeza girando cual disco rìgido.

escribìs cada dìa màs bello,

muuu
a